domingo, 30 de julio de 2017

Los reyes de Italia y el Sínodo del Terror


A finales del siglo IX la península itálica era un amasijo caótico fragmentado en un conjunto de Estados, el más extenso de los cuales era el reino de Italia. Este comprendía Liguria, Lombardía, Emilia y parte del Véneto y de la Toscana. El título de rey de Italia le correspondía al emperador carolingio, pero tras ser depuesto Carlos el Gordo, el reino se sumió en la anarquía. Italia quedaba a merced de duques, marqueses y condes que habían dejado de representar al emperador para ejercer su propia autoridad y desatar sus ambiciones aspirando a recoger la corona vacante. Proliferaban conspiraciones y corruptelas mientras reunían ejércitos con los que combatirse los unos a los otros. 

Dos de estos grandes señores se destacaban entre aquella maraña de intrigas. Uno de ellos era Berengario, marqués de Friuli, nieto de Ludovico Pio por línea materna. El otro, Guido, era duque de Spoleto. Este último, aprovechando su remoto parentesco con los carolingios (era tataranieto de Carlomagno), había acudido a Francia con la esperanza de hacerse con la corona de Carlos el Gordo. 

Berengario, mientras tanto, conseguía que los condes lombardos lo proclamaran rey de Italia en Pavía. Eso enfureció al duque de Spoleto, que se negó a reconocerlo. Guido reunió un gran ejército y se dirigió a Brescia. Berengario, derrotado, emprendió la huida mientras su enemigo convocaba un sínodo y conseguía el reconocimiento de los obispos del norte. Era el año 889.


Berengario contaba con el apoyo de Formoso, sucesor del papa Esteban V desde 891. Era, además, aliado del germano Arnulfo de Carintia, sobrino de Carlos el Gordo. Arnulfo cruzó los Alpes a su llamada e invadió la llanura del Po a sangre y fuego. Sin embargo, una circunstancia imprevista vino a dar un nuevo giro a la situación: Arnulfo padecía de reumatismo, y no resultó una cuestión baladí bajo el clima de Lombardía. La humedad se le hacía insoportable y, para empeorar las cosas, una epidemia diezmaba su ejército. Todo ello lo obligó a regresar a su tierra.

A pesar de este revés de sus enemigos, a Guido no le fue mejor: el rey de Italia fallecía a consecuencia de una hemorragia, no sin antes haber asociado al trono a su hijo Lamberto, pues en 892 había presionado al papa hasta lograr que colocara la corona en su frente. Formoso, prácticamente un rehén en manos de los partidarios del duque de Spoleto, había tenido que coronarlo para evitar una guerra, pero en realidad detestaba a los Spoleto, a los que consideraba malos cristianos, y aguardaba su momento. 

En 895 volvió a llamar a Arnulfo de Carintia. Al ver que este marchaba sobre Roma, Lamberto reunió un ejército y castigó la traición del Papa encerrándolo en el castillo de Sant’Angelo.

La ciudad fue sitiada. Arnulfo exigió la rendición, pero los romanos, sintiéndose fuertes, respondieron con burlas y ofensas. Dejaron de subestimarlo la mañana en la que lanzó su ataque contra las murallas. Sus hombres lograron pasarlas tras despedazar a hachazos las puertas y derribar con un ariete la de San Pancracio. Arnulfo entraba montado en su caballo blanco y liberaba al Papa. Después, en San Pedro, recibía la corona imperial de Carlomagno.


Al cabo de dos semanas, el nuevo emperador pretendía dejar una guarnición y dirigirse hacia Spoleto, pero nuevamente un imprevisto iba a estorbar sus planes de victoria: Arnulfo se sintió repentinamente víctima de una parálisis que según algunos cronistas era una enfermedad hereditaria entre los carolingios orientales, pero que otros atribuyen a sus excesos amatorios. Súbitamente se sintió indispuesto cuando se encontraba en brazos de una de sus numerosas amantes y, aunque el mal no le causó la muerte, sí lo obligó a regresar a su tierra, ya que, además, se acercaba el invierno y no podría reponerse a tiempo de continuar su campaña bélica.

Formoso quedaba así desamparado frente a sus enemigos y moría en abril de 896, se dice que envenenado. Había logrado alcanzar la edad de 80 años, algo muy difícil para un pontífice en aquellos tiempos revueltos en los que ser elegido papa casi equivalía a una condena a muerte.

Pero los Spoleto no tenían suficiente. Al cabo de nueve meses Lamberto y su madre Angiltruda hicieron desenterrar el cadáver para someterlo a un proceso en el que sería juzgado en un concilio reunido a tal fin, presidido por el papa Esteban VI. 

El macabro acontecimiento se conoce como Concilio cadavérico o Sínodo del terror. Vistieron de papa el cuerpo de Formoso, en avanzado estado de descomposición, y lo sentaron ante el tribunal, atado al sillón para que no se cayera. Incluso se nombró a un abogado de oficio que representara al acusado. El diácono, situado junto al cadáver maloliente, tenía la misión de hablar por él y responder a las preguntas del tribunal. 


La sentencia declaró que Formoso había alcanzado el papado de modo ilegítimo, por lo que era preciso anular todo lo escrito y decretado por él, de modo que su nombre se borrara para siempre del registro de la Historia.

Era la damnatio memoriae de los romanos, algo que previamente habían aplicado asirios, hititas, babilonios, persas o egipcios, culturas que consideraban que aquel que no tenía nombre no podía existir, y de ese modo se le impedía disfrutar de otra vida en el más allá. Pero esta vez la ceremonia iba acompañada de una espeluznante novedad, un espectáculo que nadie olvidaría. Ninguna de estas antiguas civilizaciones había llegado tan lejos como para profanar en ella el cadáver putrefacto de su enemigo. Para culminar la labor, se le cortaron los tres dedos con los que había impartido las bendiciones, se le arrancaron las vestiduras y lo arrojaron a una fosa. 

Los partidarios de Formoso, enfurecidos, tomaron venganza en la persona del nuevo papa. Se apoderaron de él, lo desnudaron y lo encerraron en prisión. Allí era estrangulado apenas unos meses más tarde.

Durante el pontificado de Teodoro II —que sólo duró veinte días, al cabo de los cuales fue asesinado—, se organizó una procesión para recoger los restos del papa que había sido tan singularmente procesado y darle cristiana sepultura entre las tumbas del Vaticano. Además, Teodoro tuvo tiempo de convocar un sínodo que restituyera la memoria de Formoso y reparara el absurdo proceso al que había sido sometido. Su sucesor, Juan IX, concluyó la tarea y prohibió juzgar a los muertos.


¿Pudo al fin Formoso descansar en paz? No. Aún no habían acabado con él. En 904 otro papa, Sergio III, alcanzaba el pontificado. Sergio erigió a Esteban un mausoleo en San Pedro con una inscripción en la que aún se insultaba a Formoso, anuló los concilios convocados por Juan y Teodoro e inició un segundo proceso contra el difunto. Naturalmente, volvió a ser encontrado culpable. Esta vez el cuerpo fue arrastrado por las calles de Roma entre los gritos del populacho para terminar siendo arrojado al Tíber. 

Una crecida del río devolvió a la orilla los restos de Formoso y, según la leyenda, un pescador lo recogió en sus redes y lo escondió. A la muerte de Sergio III, el desdichado cadáver o lo que quedara de él pudo finalmente reposar en San Pedro, donde aún permanece.

En cuanto a su enemigo Lamberto de Spoleto, instigador de aquel primer proceso, también él perdía la vida poco después del Sínodo del Terror, al caerse del caballo en 898, aunque no faltó quien atribuyó su muerte a una copa de veneno que le habría sido administrado.

16 comentarios:

  1. La historia del papa Formoso y el Concilio Cadavérico es uno de esos episodios extravagante de la historia de los que a quienes nos gusta hablar o escribir de historia nos resulta difícil olvidarnos. Yo mismo dediqué una de mis primeras entradas a estos hechos. Mezcla de realidad y superstición, se cuenta que la basílica de San Juan de Letrán, entonces residencia del Papa, se derrumbó, aunque parece que está acreditado que se encontraba en mal estado, y los romanos lo atribuyeron a causas sobrenaturales.
    Con sumo placer vuelvo, virtualmente, a besar su mano en esta nueva entrada después de su reaparición.

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    1. Yo lo que me pregunto es qué diantres estará enterrado en San Pedro, después de tanto ajetreo de huesos. Apenas quedarían un par de ellos. ¿Y qué sería de los dedos cortados?

      Feliz tarde

      Bisous

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  2. Una historia macabra que deja pequeña cualquier película del género gore.
    Un saludo.

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    1. Mira que los seres humanos podemos llegar a ser bestias. Y qué poco consiguen pulirnos los siglos. Es descorazonador.

      Buenas noches

      Bisous

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  3. Yo no sabía de esta parte de la historia


    Gracias por ilustrarnos, sin duda se aprende cosas nuevas cada día, éxitos miles y muchas bendiciones para usted Madame.

    Bisous

    Arnaud d'Aleman

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  4. Truculenta historia la del pobre Formoso, desenterrado 9 meses después de muerto y juzgado por voz interpuesta. ¡Lo que no inventen las mentes retorcidas...!

    Bisous

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    1. La crueldad y la barbarie no tienen límite. Y en esos siglos parecían estar de moda.

      Feliz día

      Bisous

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  5. Y es que la capacidad del ser humano para enredar y manipular es el rasgo más distintivo. A saber cuántas tumbas de insignes estarán ocupadas por huesos anónimos.

    Buenas tardes y bisous

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    1. Ya lo creo. Nos llevaríamos más de una sorpresa, madame.

      Feliz día

      Bisous

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  6. Excelente perfil de una época.
    Permítame comentar que hay un nosequé en la historia general de Roma y de Italia toda, que la hace especialmente única por lo novelesca.
    Buena semana.

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    1. Sí, es apasionante, aunque yo encuentro más inspiración para las novelas en la historia de Francia, ya lo sabe.

      Feliz día

      Bisous

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  7. Hola Madame:
    Pobre hombre...Realmente tenía enemigos que le querían muy poco.
    Quisieron matarlo dos veces...

    Besos

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    1. Es que hay gente muy rencorosa y vengativa, monsieur. Líbrenos el cielo de enemigos así.

      Feliz día

      Bisous

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  8. la madre que parió a panete. pero qué desgracia la del tal formoso, pero eso no puede ser... y esa foto final de ese papa más blanco que Iniesta... dios mío qué entrada!
    bisous, madame!

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    1. Pues si usted hubiera vivido allí y entonces, habría juzgado al cadáver o asesinado al otro. No había alternativa. Así somos.

      Feliz día

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)