lunes, 4 de diciembre de 2017

Roma escatológica


Uno de los aspectos menos agradables de las 144 letrinas públicas que llegó a haber en Roma durante el Imperio era el xylospongium, es decir, una esponja sujeta a un palo y que los usuarios compartían; pero había otros inconvenientes aún más dramáticos para el aguerrido romano que sentase allí sus posaderas. Uno de ellos era el que procedía de las ratas y culebras que vivían en el sistema de alcantarillado y que podían subir y morder sus carnes. Esto era ciertamente desagradable, aunque no tan peligroso como exponerse a las llamas por la acumulación de metano, capaz de producir una explosión. Digamos, pues, que un romano se jugaba la vida al sentarse en las letrinas.

No es de extrañar, por tanto, que aquellas gentes trataran de precaverse contra cualquier desagradable eventualidad recurriendo a hechizos y símbolos que escribían o dibujaban en las paredes. Creían que la risa podía expulsar a los demonios que allí habitaban, por lo que a veces los arqueólogos han encontrado caricaturas. Otras veces era una imagen de la diosa Fortuna la que guardaba el lugar, y los usuarios, si no llevaban demasiada urgencia, se detenían a orarle. 

Como se puede imaginar, por muchas precauciones higiénicas que se trataran de tomar, las letrinas tenían que estar llenas de bacterias, lo que propagaba epidemias como el tifus o el cólera. Afortunadamente la mayoría de la gente contaba con instalaciones en su propio hogar, no conectadas con el sistema de alcantarillado, con lo que evitaban a las ratas. Pero tampoco resultaba un espectáculo idílico, puesto que se situaban junto a la cocina donde preparaban la comida, como se ve en la imagen. La mezcla aromática debía de ser impresionante.


Típica cocina romana con la letrina a la derecha 

A las deficientes condiciones higiénicas se unían las excentricidades de la medicina de la época. Los médicos romanos hacían cosas tales como recoger la sangre de los gladiadores muertos y venderla como medicina para curar la epilepsia. Peor aún: otros les sacaban el hígado para comerlo crudo en nueve dosis. En cuanto a los gladiadores vencedores, su sudor se envasaba en frasquitos y se vendía como afrodisíaco a las mujeres, o bien se elaboraba con él una crema facial que, supuestamente, las hacía irresistibles para los hombres. 

Para los enfermos resultó muy frustrante que dejara de haber combates, pero los médicos encontraron entonces otro remedio y comenzaron a recetar sangre de prisioneros decapitados.

Tampoco resultaba muy higiénico y saludable aplicar excrementos de cabra a las heridas. Según Plinio, los mejores se recogían en primavera y se dejaban secar, pero en caso de emergencia servían también frescos. El lector podría pensar, tal vez, que no hay cosa peor, pero se equivocaría; la hay: los conductores de carro los hervían y les añadían vinagre, o bien los molían y los mezclaban con las bebidas. Se suponía que proporcionaban mucha energía. Plinio afirma que el propio Nerón los bebía cuando quería reunir fuerzas para llevar un carro.

En realidad no debía de resultar tan difícil para un romano vencer los escrúpulos hacia los excrementos si tenemos en cuenta que utilizaban orina, tanto humana como animal, para blanquear los dientes. Esta tenía, además, otros usos: por ejemplo como fertilizante de la fruta, o para lavar la ropa o curtir el cuero. La orina se compraba y Vespasiano dispuso que al hacerlo se pagara un impuesto por ella. Algunos talleres tenían a la entrada recipientes en los que la gente podía aliviarse, y luego recogían el contenido que servía para su negocio.


No eran estas cuestiones las que hacían vomitar a los romanos, sino los banquetes de los más acaudalados, que a veces consistían en llenar el estómago hasta casi reventar. Séneca cuenta que cuando ya no quedaba espacio para más, vomitaban para después poder seguir comiendo y embriagándose. Es igualmente curioso que no se retiraran para hacerlo en privado, sino que utilizaban recipientes dispuestos a tal efecto en torno a la mesa, y a veces lo hacían directamente en el suelo. Un esclavo se ocupaba de limpiarlo. 

Los romanos eran, en general, pudorosos. Tenían inhibiciones sexuales y límites muy estrictos al comportamiento que consideraban socialmente aceptable. Por ejemplo, después de la noche de bodas una esposa decente no debía permitir que su marido volviera a verla desnuda, y dejarse ver ligera de ropa por otro hombre podía implicar un comportamiento próximo al adulterio, incluso al incesto si el hombre era de la familia. Sin embargo, así como no tenían pudor para defecar en compañía o vomitar en público, tampoco lo tenían para llenar sus ciudades de arte abiertamente erótico. 


Cuando se descubrieron las ruinas de Pompeya, algunos de los hallazgos resultaron tan embarazosos para la gente del siglo XVIII que permanecieron encerrados en una habitación secreta durante mucho tiempo. Los pompeyanos llenaban de graffitis obscenos las paredes y ofrecían al visitante, como si fuera la cosa más natural, la estatua de Pan asaltando sexualmente a una cabra. Para indicar la ubicación del burdel más próximo encontraban adecuado como señal un pene con la punta en dicha dirección. 

Esto no representaba ningún escándalo para ellos. Por el contrario, a veces hombres y mujeres llevaban amuletos de bronce en forma de pene en torno al cuello, por considerarlo un símbolo protector. Y, como tal, se dibujaban en lugares peligrosos para conjurar el mal. 

Parece que eran igualmente desinhibidos a la hora de hacer un “calvo”, y que no siempre elegían la ocasión más adecuada, según nos narra Flavio Josefo al describir unos disturbios que tuvieron lugar en Jerusalén en el año 66. Era la Pascua de los judíos, y los soldados romanos tenían que mantenerse alerta por si había alguna revuelta. Su misión era mantener la paz, pero uno de ellos, “levantó la parte de atrás de su ropa, se giró de espaldas, y con las posaderas hacia ellos se agachó de modo indecente y emitió un sonido maloliente hacia donde estaban ofreciendo un sacrificio”.


Los judíos, como era de esperar, se enfurecieron. Exigieron el castigo del insolente y comenzaron a arrojar piedras a los soldados romanos, que tuvieron que pedir refuerzos. Así fue como comenzaron unos disturbios de grandes proporciones en Jerusalén. Al llegar los refuerzos, el pánico produjo una estampida fatal que causó más de mil muertos.


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http://www.iflscience.com/technology/talking-heads-what-toilets-and-sewers-tell-us-about-ancient-roman-sanitation/



lunes, 27 de noviembre de 2017

CASTILLOS DE EUROPA


LICHTENSTEIN, ALEMANIA

El castillo de Lichtenstein está situado en los montes Suabos, cerca de Stuttgart. No es muy antiguo: se construyó en el siglo XIX sobre los restos de uno medieval. En la actualidad tiene propietarios: los duques de Urach, pero permanece abierto al público.


CASTILLO DE BRAN, RUMANÍA

Situado en Transilvania, es conocido como el castillo de Drácula, por ser en el que se inspiró Bran Stoker para escribir su novela. Sin embargo, Vlad Dracul nunca vivió allí, aunque parece que pasó dos días encerrado en las mazmorras. En el siglo XX el castillo fue la residencia de verano de la reina María de Rumanía. Hoy día sigue en manos de los Habsburgo.



EILEAN DONAN, ESCOCIA

¡Cuántas películas se rodaron aquí! Braveheart, Highlander, El Señor de Ballantrae, La vida privada de Sherlock Holmes, The World Is Not Enough… Eilean Donan se erige sobre una pequeña isla en el lago Duich, en el noroeste de Escocia. Los pictos tenían allí un viejo fuerte para defenderse de los ataques vikingos, y sobre él hizo construir el rey Alejandro II el actual castillo en el siglo XIII. Sus piedras contemplaron decisivos episodios de la historia de Escocia, y tras unirse esta corona a la de Inglaterra, se convirtió en residencia del clan McRae, que aún es su propietario.



ALCÁZAR DE SEGOVIA, ESPAÑA

Se sabe que ya existía en el siglo XII, y que probablemente es muy anterior, aunque su aspecto actual se debe a Felipe II. Construido como fortificación, este castillo fue también palacio. Muchos episodios de la historia de España transcurrieron entre estos muros, como la proclamación de Isabel la Católica Hoy el alcázar es un museo.



CHENONCEAU, FRANCIA

Chenonceau data del siglo XVI y es uno de los castillos del Loira. También recibe el nombre de Castillo de las Damas, porque fue construido por una mujer: Katherine Briçonnet, y embellecido sucesivamente por Diana de Poitiers y Catalina de Médicis. Otra mujer, Madame Dupin, lo salvó de los rigores de la Revolución. También quienes residieron en él fueron mujeres, entre ellas la reina Luisa de Vaudemont, esposa de Enrique III, cuya habitación, en el segundo piso, sigue manteniendo el duelo por su marido asesinado. Hay otra habitación dedicada a las hijas y nueras de Catalina de Médicis, una de las cuales fue María Estuardo. La estancia es conocida como La habitación de las cinco reinas. Hoy el château está en manos privadas, aunque se puede visitar.



BODIAM, INGLATERRA

Situado en Sussex Oriental, fue construido en el siglo XIV, en plena Guerra de los Cien Años, para defenderse de una invasión francesa que finalmente nunca llegó. Durante la Guerra de las Dos Rosas, la familia propietaria era partidaria de los Lancaster, la rosa roja, por lo que fue sitiado por Ricardo III. Está rodeado de un foso alimentado de manantiales y que se salva mediante un puente muy evocador en el que aún parecen resonar los cascos de las cabalgaduras galopando sobre la madera. En la actualidad es un monumento protegido, legado por Lord Curzon al National Trust en 1925 y abierto al público.



GUAITA, SAN MARINO

Se trata de la más antigua de las tres fortalezas construidas sobre el monte Titano. Data del siglo XI, y fue una prisión hasta bien adentrado el siglo pasado. Tuvo su época de esplendor en el siglo XV, cuando San Marino estaba en guerra contra los Malatesta de Rimini. Fue reconstruido en esa época.


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sábado, 4 de noviembre de 2017

Una impostora llamada Mary Carleton


Mary Carleton nació en Canterbury el 11 de enero de 1642. Hija de un corista de la catedral, durante su infancia y adolescencia fue voraz lectora de novelas y libros de caballería que dispararon su imaginación y sin duda acabarían influyendo en el rumbo aventurero que iba a decidir dar a su vida. Su memoria era excelente, y se complacía en repetir fragmentos de sus obras favoritas.

Se casó con un zapatero llamado Thomas Stedman, con el que tuvo dos hijos que no superaron la infancia; pero su marido le parecía bien poca cosa para el alto concepto que tenía de sí misma, de modo que, al ver que era incapaz de complacer sus extravagancias y sufragar los lujos a los que le hubiera gustado entregarse, lo abandonó para trasladarse a Dover. Allí contrajo nuevo matrimonio con un cirujano, lo cual fue motivo de su arresto y proceso por bigamia en Maidstone.

Logró ser absuelta y se dirigió a Colonia, donde mantuvo una breve relación con un anciano aristócrata que le hacía valiosos regalos. El caballero pretendía desposarla y había comenzado a hacer los preparativos para la boda cuando Mary, para no volver a ser arrestada por la misma causa, huyó de Alemania con todos los regalos y el dinero del que pudo apoderarse. Desde allí pasó a su Inglaterra natal pasando por los Países Bajos. En Amsterdam vendió una cadena de oro, algunas joyas y la medalla que el pobre anciano había recibido por sus buenos servicios contra el rey Gustavo Adolfo de Suecia.

De regreso en Londres en 1663, se hacía pasar por una tal princesa van Wolway de Colonia. Afirmaba que su padre era Enrique van Wolway, doctor en derecho que ostentaba el título de señor de Holmstein y era príncipe soberano del Imperio, no sujeto a hombre alguno excepto a Su Majestad Imperial. Decía que ella había tenido que refugiarse en Inglaterra huyendo de un amante excesivamente posesivo. Tenía la habilidad de llorar cada vez que le resultaba conveniente, y era tan buena actriz que convencía a todo el mundo. 


Bajo esa identidad aceptó la propuesta matrimonial de John Carleton, cuñado del dueño de la posada en la que solía alojarse. Se casó con él, no sin antes dejar patente lo reacia que se sentía a unir su vida a la de un plebeyo. El marido no cabía en sí de gozo al verse aceptado por tan alta princesa; el iluso se arrojaba a sus pies y hacía uso de toda su capacidad oratoria para mostrarle su gratitud por el gran honor que se le hacía. Pero de pronto algo terminó súbitamente con su transporte amoroso: una carta anónima dirigida al dueño de la posada dejaba al descubierto todas las mentiras de Mary:

“Señor, soy un completo desconocido, aunque el sentido de la justicia y la humanidad me obligan a comunicarle que la supuesta princesa […] es una impostora. Si le digo, señor, que ya se ha casado con varios hombres en nuestro condado de Kent, y después se ha fugado con todo el dinero del que pudo apoderarse, no digo más que lo que podría probarse si compareciera ante los tribunales. Puede estar seguro de que no me equivoco con la mujer […]"

Al ser juzgada por su impostura, Mary negó los cargos y se defendió diciendo que el impostor era el propio John, quien había afirmado ser un aristócrata, y que ahora la denunciaba para librarse de ella al descubrir que estaba arruinada. Su esposo trataba así de evitar un divorcio que sería deshonroso para él. 

Mary tuvo la suerte de que el tribunal la creyera y decidiera absolverla. Después, aprovechando la popularidad que había ganado con el nuevo proceso, escribió, o más bien encargó escribir, su propia historia: El Caso de la Señora Mary Carleton. Convertida en actriz, también protagonizó una obra de teatro sobre su vida que llevaba por título La Princesa Alemana y que terminaba con este epílogo:


He sido absuelta por un tribunal, pero es mi temor
Que recibiré aquí una severa sentencia:
Pensáis que soy una osada embustera, pongamos que lo sea,
¿Cuál de vosotros no lo es? Podéis jurar que lo sé.
No me censuréis, no vaya a ser que vosotros
Merezcáis peor censura que yo;
El mundo es una farsa, y quienes nos movemos en él,
En mayor o menor grado ejercitamos nuestro ingenio;
Y es mejor llevar un nombre glorioso, aunque inventado,
Que vivir una vida oscura.

Mary se hizo con un buen número de admiradores que le hacían toda clase de valiosos regalos. Ella animaba a quien le convenía, para luego, cuando ya había obtenido suficiente de ellos, rechazarlos con desprecio, diciéndoles que se admiraba de su osadía al pretender ser amados por una princesa.

Un caballero de cincuenta años, pese a no desconocer su pasado, cayó en sus redes y creía a pies juntillas todos sus argumentos. El enamorado pensaba que Mary era la mujer más virtuosa sobre la tierra, y pronto comenzaron a convivir como marido y mujer. Le hacía toda clase de regalos, algo que ella siempre recibía fingiendo sentirse avergonzada e indigna de tanto favor. Un día el hombre llegó a casa ebrio, y ella aprovechó para despojarlo de su dinero, de las llaves de cofres y escritorios y huir con el botín.

A continuación fingió ser una doncella que disfrutaba de la buena herencia que le había dejado su tío y huía de un compromiso no deseado que su padre le había arreglado. Mimando el detalle, para mejor persuadir de su historia se encargó de que alguien le enviara cartas que supuestamente contenían noticias de la familia. Eso terminó de convencer a su casera, que vio con agrado que iniciara una relación con su sobrino.


Un día, mientras ambos conversaban, llegó una carta que ella había preparado de antemano. Al comenzar a leerla ante su enamorado, su rostro se demudó.

—¡Estoy perdida! —exclamó, a punto de desvanecerse.

Después de oler el frasquito de las sales, fue capaz de comenzar a explicarse.

—Señor, puesto que ya conocéis la mayor parte de mis cuitas, no os ocultaré esta. Así que, si os place, leed esta carta y conoced la causa de mi aflicción. 

El mensaje comunicaba la muerte de su hermano, que le dejaba en herencia todos sus bienes. Pero su padre estaba más decidido que nunca a casarla con un pretendiente que ella detestaba, para lo cual ambos se disponían a viajar a Londres, donde sabían que se encontraba. 

Para protegerla, su amante la invitó a vivir con él. Mary y su doncella, que era su cómplice, se trasladaron a sus aposentos al día siguiente, pero no con intención de quedarse. Ambas se acostaron vestidas y antes de que amaneciera se apoderaron de cuanto encontraron de valor y emprendieron la huida.

Durante los siguientes diez años utilizó métodos parecidos para defraudar a varios hombres, a menudo con ayuda de su doncella. Algunos de ellos se sentían demasiado avergonzados para denunciarla, pues significaba reconocer que habían sido engañados como tontos. Otras veces fue acusada de robo, pero permaneció poco tiempo en prisión.

Una vez fue arrestada por robar una jarra de plata. La condenaron a ser deportada a Jamaica, aunque al cabo de dos años se escapó y regresó a Londres con la renovada pretensión de ser una rica heredera. Esta vez se casó con un boticario en Westminster, pero, como no se había reformado, lo abandonó tras robarle el dinero.


En diciembre de 1672 fue capturada al ser reconocida por uno de los hombres a los que había robado, un cervecero de Southwark. Al mes siguiente era juzgada y, puesto que había abandonado Jamaica sin permiso, fue condenada a muerte. 

El 22 de enero de 1673, día de la ejecución, apareció radiante, incluso alegre. Al ver a un caballero que había ido a visitarla y con el que había conversado, se volvió hacia él y le dijo en francés:

—Mon ami, le bon Dieu vous benisse.

Después, ya en el cadalso, dirigió unas palabras a la multitud antes de ser colgada hasta morir.

Su cuerpo fue introducido en un ataúd para ser enterrado en el cementerio de St Martin, donde una vez un bromista se detuvo a dejar esta inscripción, un juego de palabras con la palabra “lie”, que tiene el doble significado de “yacer” y “mentir”:

The German princess here, against her will,
Lies underneath, and yet oh, strange! lies still.

(La princesa alemana, contra su voluntad, yace aquí enterrada, y sin embargo, oh, cosa extraña, yace inmóvil/sigue mintiendo.)


sábado, 9 de septiembre de 2017

Enrique IV, "el Buen Amigo de los Rocheleses"

Enrique IV de Francia

Enrique de Navarra nunca dejaba de perseguir mujeres, ni siquiera cuando se ocupaba de los asuntos más importantes. Entre sus numerosas amantes, encontramos a varias en La Rochelle. Cosa curiosa, porque la villa, centro comercial y financiero de primer orden, era abiertamente hugonote y predicaba un rigor moral que no se correspondía con las estadísticas amatorias de Enrique. Su comportamiento era sumamente escandaloso a ojos de aquellos protestantes que tanto velaban por la práctica de la virtud, pero ni eso ni los bruscos giros religiosos del soberano, que tanto les desagradaban, fueron obstáculo para que ganara el título de “El Buen Amigo de los Rocheleses”. 

La relación entre él y la villa fue tornadiza: a veces amistosa, a veces apasionada y con frecuencia difícil. No le perdonaban que hubiera participado en el sitio de La Rochelle tras la masacre de San Bartolomé, y veían como una traición el edicto de Nantes de 1598, que instauraba la libertad de culto y conllevaba, por tanto, que se volviera a oficiar la misa católica en las ciudades protestantes. 

Tras una primera estancia en 1558, a los 15 años se instala en La Rochelle, pues su madre, la reina Juana de Navarra, fijó allí su corte durante unos cuatro años. Sus habitantes se sentían muy honrados de acoger a Juana, protestante como ellos y cuyo padre, Enrique de Albret, había sido gobernador de la villa en 1528, dos años antes de alcanzar la corona.

Enrique de Albret

Entre las numerosas conquistas que hizo allí el por entonces príncipe de Navarra, tres nombres han quedado registrados en las viejas crónicas. El primero es el de Suzanne des Moulins, esposa de Pierre des Martines, profesor de filosofía. De esta unión nació un hijo que no sobrevivió.

Si con la primera amante había guardado discreción, en adelante dejó de ocultarse, para gran escándalo de los rocheleses. Ningún recato había ya cuando conoció a Madame de Sponde, y menos aún con Esther de Boyslambert, llamada “la Bella Rochelesa”, que el 7 de agosto de 1587 daba a luz un hijo del rey. El niño, Gédéon, sólo vivió poco más de un año. Para entonces los ánimos estaban tan enconados que Enrique, la víspera de la batalla de Coutras, tuvo que aceptar la exigencia de confesar públicamente sus faltas delante de las tropas. Y es que tenía que hacerse perdonar, pues La Rochelle, rica y capitalista, era un punto de apoyo indispensable para alcanzar el poder. A sus habitantes tuvo que recurrir con frecuencia para financiar el Estado y las guerras.

Esther era la mayor de los diez hijos de Catherine Rousseau y de Jacques Imbert, Señor de Boyslambert, un abogado al que Michelet describe como “un honorable magistrado protestante de La Rochelle”. Pero el honorable magistrado se mostró tan complaciente a la hora de entregar a su joven hija al rey que su docilidad fue recompensada largamente con títulos y honores. Tampoco olvidó Enrique recompensar a Esther con una pensión poco después del nacimiento del niño, para cuyo bienestar hizo provisiones. 

Durante su escaso tiempo de vida Gédéon recibió el título de Monsieur, que era el que llevaba habitualmente el hermano mayor del rey de Francia —el mismo título daría a César, duque de Vendôme, el bastardo nacido de su relación con Gabriela d’Estrées—. Enrique designó para él un aya, una nodriza, una camarera, un valet y un boticario.

Diane d'Andoins

Cuando residía en La Rochelle, el rey tenía la costumbre de alquilar a un precio muy elevado un palacio que recibía el nombre de Hôtel d’Huré. En él convivía abiertamente con Esther y con su hijo. No es que la bella rochelesa tuviera en exclusiva los afectos del monarca, pues en aquel tiempo Enrique también tenía por amante a Diane d’Andoins, la Bella Corisande, a la cual escribía lo siguiente mientras tanto:

“Creedme que mi fidelidad es total e inmaculada, como nunca hubo otra igual. Si eso os contenta, yo viviré feliz.”

Curiosamente, a finales de 1588 le dirige otra carta que casa muy mal con las anteriores y que debió de desconcertar mucho a Diane, pues procrear bastardos con otras mujeres no era, seguramente, lo que ella entendía por “fidelidad total e inmaculada”:

“Estoy muy afligido por la muerte de mi pequeño, que falleció ayer. Estaba empezando a hablar.”

No es de extrañar que la dama se dedicara a escribir notas sarcásticas en las cartas que recibía de él, como el ejemplo que se encontrará en este enlace:


En abril de 1589, tras la muerte de Catalina de Médicis, hubo una reconciliación entre el rey de Navarra y su cuñado, Enrique III de Francia en Plessis-les-Tours. Parece que Esther y su padre abandonaron La Rochelle para seguirlo, pues se conserva una nota en la que consta un pago de 200 coronas hecho a Esther Imbert, por expresa orden del rey, para sus gastos y los de su séquito, y para la compra de todo lo necesario para el viaje.


Poco después el asesinato de Enrique III elevaba al de Navarra al trono de Francia. Pero en 1592 aún no había logrado ser coronado o hacer su entrada en París, que permanecía en manos de la Liga a pesar del largo asedio. Enrique IV había establecido su cuartel general de Saint-Denis cuando, según Michelet, la desdichada Esther, que no había podido casarse y estaba arruinada por la guerra, acudió a pedir sustento. Pero para entonces el rey había comenzado su relación con Gabriela y cuenta la leyenda que, por temor a incurrir en su desagrado, le negó el socorro a su antigua amante.

Esther murió poco después, hacia 1593, aunque las versiones acerca de su muerte difieren. Dos cronistas afirman que Gabriela d’Estrées la hizo envenenar cuando la bella rochelesa, hacia la que Enrique habría vuelto de nuevo sus ojos, estaba a punto de seguirlo hasta Borgoña. Ambos sitúan la fecha en el 14 de julio de 1592, pero no resulta un relato verosímil. Otros afirman que murió en la miseria, olvidada del rey, y que su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Tampoco es cierto, pues se sabe que recibía anualmente una pensión.

Su epitafio dice así:

Aquí yace una Esther que era de La Rochelle
Que quiso arriesgar su reputación
Por complacer a un gran rey de nuestra nación
Permitiéndole disfrutar de su belleza carnal
Ella fue su concubina fiel.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Carta de Victoria Eugenia a Alfonso XIII

Victoria Eugenia con sus hijos

Corría el año 1905 cuando el rey Alfonso XIII, con tan solo 19 años, asistía a una fiesta que organizaba Eduardo VII de Inglaterra en su honor. Alfonso acudía animado por las perspectivas de encontrar entre las damas asistentes a la mujer que convertirla en su esposa. La elegida fue finalmente Victoria Eugenia de Battenberg, que debía su nombre a su abuela, la reina Victoria, y a su madrina, Eugenia de Montijo. A pesar de que la reina María Cristina, madre de Alfonso, no era partidaria de ese matrimonio, pues consideraba a la novia de rango inferior y se mostraba preocupada por los casos de hemofilia presentes en la familia, el 9 de marzo de 1906 se hacía oficial el compromiso.

La petición de mano tuvo lugar el 25 de enero de 1906 en la Villa Mourriscot de Biarritz. Dos días después hubo un segundo acto en el palacio de Miramar, residencia de verano de la reina madre en San Sebastián. 

En el palacio real de Madrid se conserva la primera carta que ella le escribió, ya prometida al monarca español:

Alfonso XIII

Kensington Palace, Londres, 11 de marzo de 1906

Mi querido y viejo amigo Alfonso:

Se me hace muy raro escribirte en la misma mesa de mi habitación en la que solo te escribía tarjetas postales y que tantos recuerdos me trae. Gracias a Dios, ahora todas mis inquietudes son cosa del pasado y solamente me queda soportar la tristeza de estar separada de ti.

Te echo terriblemente de menos, querido, y mis pensamientos regresan sin cesar a las deliciosas horas en las que estaba sentada en tus rodillas y apretada contra tu corazón, y cuando sentíamos lo mucho que nos adorábamos. Pues bien, la próxima vez en Miramar todavía será mejor, ¿no es así, querido mío? ¡Ya no tendremos que preocuparnos por las interrupciones de nuestras madres!

El marqués de Muni [1] y los San Román estaban en la estación de París y el bueno de Caliban[2] aquí en Londres. La travesía fue muy buena y no me mareé, tuvimos suerte porque hoy hace un viento terrible.

Después de todas las emociones y fatigas de la última semana, estoy medio muerta de cansancio y siento un extraño trastorno en mi interior, así que me he quedado en la cama hasta muy tarde. Espero encontrarme mejor mañana.

Tras haber recibido tu recado esta mañana, mamá ha dispuesto todo para que Caliban y los señores de la embajada vengan a verme aquí.

En París pude ver un momento al médico, me ha parecido muy bien. Mamá te va a escribir a ese respecto. El tío[3] ha telegrafiado a mamá encantado de su visita a Miramar[4]. Aguardo con impaciencia las noticias que me cuentes.

Cuando recibas nuestras fotografías, me gustaría que firmases una docena de ellas y me las enviaras para repartir a la familia.

Adiós, mi bienamado, te estrecho contra mi corazón y te doy los más dulces besos en los labios.

Tu novia que te adora,

Ena



[1] Embajador de España en París 

[2] Apodo que daba al embajador de España en Londres 

[3] Eduardo VII 

[4] Palacio de la reina María Cristina en San Sebastián


lunes, 21 de agosto de 2017

Don Juan de Austria y la reina Margot

Don Juan de Austria

En el Louvre Margarita de Valois, reina de Navarra, se había convertido en uno de los principales apoyos con los que contaba su hermano menor, el duque de Alençon. Este príncipe, de ambición desmedida, había soñado con poder apoderarse de la corona de Francia a la muerte de Carlos IX mientras su otro hermano, Enrique, se encontraba ausente en su reino de Polonia. Pero Enrique se le adelantó y protagonizó una espectacular huida que lo condujo a suelo francés a tiempo de evitar los planes de Alençon, obligado ahora a volver sus ojos en busca de otra pieza a la que hincar el diente.

El rey de España había enviado como gobernador de los Países Bajos a su hermanastro, don Juan de Austria. Se trataba de un cargo extremadamente difícil y en el que ya habían fracasado grandes nombres como el duque de Alba o Luis de Requesens, incapaces de poner fin a la rebelión protestante. Para alcanzar su destino en Bruselas, don Juan cruzó Francia disfrazado de sirviente, precaución que le ordenó tomar Felipe II, el cual temía una emboscada. El príncipe hubiera preferido presentarse en la corte francesa con todo el boato que le correspondía como hijo de emperador, aunque fuera bastardo, pero las órdenes del rey de España le obligaron a oscurecer rostro y cabello y rizarlo para que se asemejara al de los moros. Así caracterizado, se introdujo entre los servidores de Octavio de Gonzaga.

La tarde de su llegada a París se enteró de que se había organizado un baile en el Louvre, pues la reina madre prodigaba las fiestas para mantener a sus cortesanos entretenidos mientras ella se ocupaba del gobierno sin ser estorbada. El pueblo, consciente de que la corona estaba más en sus manos que en la de su hijo, había hecho circular una mofa contra el rey, al que llamaban:

“Enrique, por la gracia de su madre inerte rey de Francia y rey imaginario de Polonia, Conserje del Louvre, Sacristán de Saint-Germain-l’Auxerrois, Encargado de los lazos de su mujer y rizador de sus cabellos, Mercero de palacio, Visitador de los baños turcos, Guardián de los cuatro pordioseros y Protector de las claras batidas”.


Don Juan no pudo resistir la tentación de asistir de incógnito al baile, y, valiéndose de su disfraz, tuvo ocasión de saciar su curiosidad observando a la reina de Navarra, de la que tanto había oído hablar. Esa noche, después de la fiesta, confió a sus amigos cuáles habían sido sus impresiones:

—Su belleza es más divina que humana, pero está hecha más para condenar a los hombres que para salvarlos.

En la primavera de 1577 Alençon tenía sus miras puestas precisamente en Flandes. Necesitaba enviar a alguien para contactar con los flamencos sublevados, y pensó que nadie mejor que su inteligente hermana para defender sus intereses. El plan era que Margot viajara hacia allí con el pretexto de que los médicos le habían aconsejado acudir a tomar las aguas de Spa, como hacía Madame de La Roche-sur-Yon, para curar la erisipela que padecía en un brazo.

Meses después de aquella visita de don Juan, Margot obtuvo el permiso. Enrique III, encantado de ver a su hermana alejarse de la corte e impedir así que se reuniera con su marido, solicitó y obtuvo del gobernador el salvoconducto necesario para que atravesara aquellos dominios. 

Pero la reina de Navarra no hubiera querido partir antes del 5 de mayo, fecha en la que Catalina de Médicis ofreció un banquete en los jardines del château de Chenonceau, una especie de bacanal en la que todas las licencias parecían estar permitidas. Según Pierre de l’Estoile, “en aquel gran banquete, las damas más honestas y bellas de la corte, que iban medio desnudas y con los cabellos sueltos como desposadas, fueron empleadas en todos los servicios”.

El día 28 emprendía el viaje en compañía de un séquito muy numeroso. Iba en una litera de columnas, forrada de terciopelo carmesí con bordados en oro y seda, recostada sobre cojines de satén blanco. La seguía la litera de Madame de La Roche-sur-Yon y la de Madame de Tournon. Detrás cabalgaban diez bellas jóvenes con sus ayas y diez carruajes ocupados por el resto de las damas.

En Cambrai conoció al gobernador, barón d’Inchy, en un banquete organizado por el obispo. El gobernador la acompañó en la continuación de su viaje, algo que Margot aprovechó para tratar de atraerlo a su causa, como cuenta ella misma en sus memorias. 

“El recuerdo de mi hermano no se apartaba nunca de mi espíritu, acordándome constantemente de las instrucciones que me había dado, y viendo la ocasión de hacerle un buen servicio, y puesto que esta ciudad de Cambrai y sus ciudadanos eran la llave de Flandes, no la dejé perder y empleé cuanto Dios me dio de ánimo para hacer que Monsieur d’Inchy sintiese afecto a Francia y particularmente a mi hermano. Dios permitió que lo consiguiese, tanto que el gobernador, complaciéndose en mis discursos, me suplicó poder acompañarme mientras yo estuviese en Flandes.”

En todas las ciudades donde se detenía trataba de encontrar adeptos, elogiando a Alençon y prometiendo cargos y títulos a quienes lo ayudasen a conquistar los Países Bajos. En Mons fue recibida por el conde de Lalaing, muy hostil a los españoles. Margot habló con la condesa y le dijo:

—Mi hermano, el duque de Alençon, es muy capaz con las armas y considerado uno de los mejores capitanes de esta época. Vos no podríais llamar a un príncipe en vuestro socorro que más útil os fuese, por seros tan vecino y tener un reino tan extenso como el de Francia puesto a su devoción, del cual puede obtener hombres y medios, y cuantas necesidades tiene la guerra. Y si recibiese este buen oficio del señor conde, vuestro marido, puedo aseguraros que vuestra fortuna estaría lograda. Que si mi hermano se establece aquí por vuestra mediación, podéis estar segura de que me veríais por aquí a menudo, siendo tal nuestra amistad que jamás ha habido otra igual entre hermano y hermana.

En Namur se entrevistó con el duque d’Aerschot, que fue quien le presentó a don Juan de Austria. Este acogió a Margot con suma cortesía, ya que era la hermana del rey de Francia y, oficialmente, Francia era aliada del rey de España. Acudió al encuentro de la reina de Navarra en compañía del propio Aerschot, Havré, el marqués de Varambon y el gobernador del condado de Borgoña. Estuvo también presente Luis de Gonzaga, de la Casa de Mantua. Era el 20 de julio de 1577.


A oídos de la reina de Navarra habían llegado rumores de aquella visita de incógnito que don Juan había hecho a París, y también de lo que había comentado sobre su belleza. Esperaba que fuera suficiente como punto de partida para asegurarse su neutralidad en el momento en que Alençon intentase un golpe de Estado en el país. 

Para ese encuentro Margot preparó cuidadosamente su aspecto. Sacó toda su artillería y se presentó ante él vistiendo unas ropas de brocado “que la moldeaban de manera impúdica, permitiendo adivinar el nacimiento de su seno”. Ella misma nos cuenta aquella entrevista en sus memorias:

“Echó pie a tierra para saludarme en mi litera, que estaba elevada y abierta. Yo lo saludé a la francesa […] Después de una breve conversación, él montó a caballo, sin dejar de hablarme hasta llegar a la villa […]. La casa donde me alojó estaba dispuesta para recibirme, y se había encontrado el modo de hacer una sala grande y hermosa, y un apartamento para mí con cámaras, antecámaras y gabinetes, todo amueblado con los muebles más bellos, ricos y espléndidos que creo haber visto jamás, con todas las tapicerías de terciopelo o de satén”.

Aerschot le explicó que las tapicerías que admiraba eran telas preciosas que un pacha envió a don Juan después de la batalla de Lepanto para agradecerle al vencedor que le devolviera a sus hijos, que había hecho prisioneros, sin pedir ningún rescate.

El duque de Alençon

Don Juan no cayó en el lazo que le tendía la reina de Navarra, pero desplegó toda su cortesía organizando para ella numerosos festejos. Al día siguiente de la llegada de Margot, mandó decir una misa “al estilo de España, con música de violones y cornetas”, y la invitó a un banquete en el que “cenamos los dos solos a una mesa, él haciéndose servir la bebida por Luis de Gonzaga arrodillado”. Luego hubo un baile que duró toda la noche. “Don Juan me hablaba todo el tiempo, y me decía a menudo que me encontraba un parecido con su señora la reina, que fue mi difunta hermana, a la que había honrado mucho”.

El 22 estaba previsto que Margot continuara viaje hacia Lieja, pero hubo de demorarse un día, lo que dio ocasión a don Juan para ofrecerle un nuevo banquete seguido de un baile en la isla Vas-t-y-frotte, situada en el río Mosa. La reina fue conducida hasta allí en un navío ricamente engalanado y con acompañamiento de músicos. 

Al día siguiente, cuando llegó el momento de la despedida, la acompañó hasta su barco y le proporcionó una escolta hasta Huy.

El día 24, poco después de despedir a la reina de Navarra, Don Juan de Austria, pretextando una cacería, se apoderaba por sorpresa de la fortaleza de Namur con solo una veintena de soldados. La plaza se convertía en base de partida para la reconquista de los Países Bajos contra los protestantes y la nobleza rebelde.

Margot, decepcionada, había captado el mensaje envuelto en agasajos y cortesía: el rey de los Países Bajos era Felipe II, su gobernador le representaba y la corona no se tomaba.


lunes, 14 de agosto de 2017

Indíbil y Mandonio


Los ilergetes eran un pueblo que habitaba la península Ibérica entre el río Ebro y los Pirineos. Tenían por capital a Atanagrum, cuya ubicación exacta se desconoce. Otra de sus principales ciudades fue Ilerda (Lleida o Lérida), y era precisamente de ella de la que tomaban su nombre. La primera vez que aparecen los ilergetes en el registro de la historia es en una mención que hace el geógrafo griego Hecateo de Mileto hacia el 500 a.C. al hablar de los iberos que habitaban en la costa oriental. 

Cuando Amílcar Barca desembarca en Gadir (Cádiz) dispuesto a la conquista y colonización definitiva de Hispania, los ilergetes y sus vecinos ausetanos fueron aliados de los cartagineses, a los que ayudaban en su pugna con Roma. Sus jefes eran Indíbil y Mandonio. En el 211 a. C. se unieron a Asdrúbal Barca y a otros pueblos indígenas para derrotar a los hermanos Publio y Cneo Escipión cerca de Linares, Jaén. Estos últimos hallaron allí la muerte, y para Roma la derrota supuso un grave revés en sus planes de conquistar Hispania.

Pero llegó un nuevo Escipión —Publio Cornelio Escipión el Africano Mayor— que en 209 a. C. asaltó y consiguió tomar Cartago Nova (Cartagena), es decir, la capital cartaginesa de la península Ibérica. Era la Segunda Guerra Púnica. 

Escipión convenció a Indíbil y Mandonio de que los cartagineses los habían traicionado. Además ambos caudillos iberos estaban descontentos porque Asdrúbal Giscón les había exigido la entrega de la mujer de Mandonio y las hijas de Indíbil como rehenes para garantizar su fidelidad. Pero con la victoria de los romanos las cosas cambiaron: Escipión las trató con deferencia y ordenó respetar las vidas y las posesiones de todos aquellos que habían permanecido como rehenes en manos de los cartagineses, entre los que se encontraban miembros de las principales familias indígenas. Todo ello impulsó a ambos líderes a cambiar de bando y unirse a Roma.


Indíbil y Mandonio ofrecieron su lealtad a Escipión mediante el ritual de la devotio ibérica, arrodillándose ante el general romano y proclamándolo rey. Después también hicieron lo mismo los millares de hispanos a los que había dejado libres sin rescate tras la batalla de Baecula, en la que Indíbil había colaborado con Asdrúbal y había sido hecho prisionero. Se trataba de la ceremonia que establecía una relación de clientela militar entre un indígena y otro personaje de alto rango. Mediante la misma, los clientes consagraban sus vidas a su líder, al que estaban obligados a proteger en combate con las armas e incluso con su propio cuerpo. Al mismo tiempo se consagraban a una divinidad para que aceptase su vida en la batalla a cambio de la de su jefe. Si este moría combatiendo, los devoti estaban obligados a suicidarse.

En el 206 a.C., Escipión expulsó definitivamente a sus enemigos. Ese mismo año fundaba la ciudad de Itálica, cerca de la actual Sevilla, lo que demostraba la voluntad de Roma de quedarse en Hispania. 

Las numerosas tribus iberas de la península, al igual que las celtas, lucharon por su independencia, y a tal fin establecían alianzas que favorecieran sus aspiraciones. Indíbil y Mandonio se habían aliado con los romanos precisamente para recuperar su libertad frente a los cartagineses, pero todo indicaba que sus nuevos aliados se proponían someterlos a su dominio igual que los anteriores, algo a lo que no estaban dispuestos.


Corrió el falso rumor de que Escipión había muerto tras una enfermedad. Ellos consideraban que habían establecido un pacto personal con él, pero no con Roma. Por tanto, una vez desaparecido el Africano, ambos quedaban liberados de la devotio.

Indíbil y Mandonio se unieron a otros pueblos para saquear el territorio de sus vecinos, aliados de Escipión. Iberos y romanos se enfrentaron en una batalla que terminó con la derrota de los primeros. Los jefes lograron huir y pidieron clemencia al general romano, que la concedió a cambio del pago de una indemnización.

Escipión el Africano abandonó Hispania en el verano del 205 a. c., dejando el ejército en manos de los procónsules Lucio Cornelio Léntulo y Lucio Manlio Acidino. Eso dio pie a una nueva sublevación. Los rebeldes lograron reunir a un gran número de pueblos indígenas de todo el valle del Ebro e incluso de la costa levantina, refuerzos con los que formaron un ejército de treinta mil soldados y cuatro mil jinetes. Combatían con sus escudos redondos o largos, el sable de hoja curvada llamado falcata y con una espada cuyo temple era de especial calidad, la gladius hispaniensis que los romanos tanto apreciaban y que comenzarían a adoptar.


Pero esa larga y dura batalla dio la victoria a los procónsules. Indíbil cayó en la batalla. Según Tito Livio, primero murieron acribillados por los dardos los guerreros que le rodeaban para protegerlo con su propio cuerpo, y después llegó la muerte para él, “clavado al suelo por una jabalina”. 

Aunque Mandonio intentó reagrupar a las tropas, se había desatado el caos. Envió mensajes para concertar la rendición, pero Acidino exigió su entrega junto con la de los demás cabecillas, amenazando con asolar el territorio de los sublevados si no se hacía así.

Todos fueron ejecutados, y Mandonio murió en la cruz tras ser torturado. En adelante se permitió a los rebeldes continuar habitando sus tierras, si bien tuvieron que entregar las armas y pagar tributos.

Roma supo aprovechar para sus fines de conquista la institución de la devotio ibérica, pues aprendieron que lo único que había que hacer era conseguir matar al líder para ganar la batalla. Siguieron, además, la misma política cartaginesa de toma de rehenes para asegurarse la lealtad de estos pueblos. A partir de entonces los ilergetes dejaron de ser un quebradero de cabeza. Con el tiempo se fueron romanizando, y en el año 90 a. C. incluso aparecen luchando junto a los romanos en suelo italiano.